Crónica de un club de lectura con Amelia Pérez de Villar

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27 de octubre, casi todas las noticias anunciaban la llegada del invierno a media tarde, por la noche el reloj se iba a detener durante una hora, como si no pasase nada, mientras pasan muchas cosas.  Dicen que el objeto que más gente olvida es el paraguas y hoy casi todos llevamos uno escondido. Madrid anuncia ciento veintisiete eventos a la misma hora, a las doce en punto de la mañana, o de la tarde, para los que comen pronto.

 

Yo prefiero interesarme por las cosas de una en una y hoy, a las doce en punto de la mañana, solo me interesa el Club de Las Letras y si se nos ha llenado es porque hay mucha más gente interesada.

 

Lo celebramos con la visita de Amelia Pérez de Villar y de su editor, Javier, de la editorial Fórcola.  Borro y escribo de nuevo la palabra “Fórcola” y aparece subrayada en rojo, como si no existiese, solo porque el corrector no conoce el término.

Rescato la bella información que Javier da en su web:

 

“La fórcola es la parte más rara y hermosa de la góndola veneciana, hecha de madera dura, en la que el gondolero apoya el remo para maniobrar. Una auténtica fórcola se talla, de forma artesanal, sobre la curvatura natural del árbol; por eso, no hay dos fórcolas iguales.

La «fórcola» es todo un símbolo del trabajo artesano que pasa de abuelos a nietos; la «fórcola» y el oficio que le da sentido, el del gondolero, han permanecido como referente del trabajo manual bien hecho, y me ha inspirado en la creación de mi propio proyecto editorial”

 

Siempre empiezo agradeciendo.

 

Me gusta Amelia porque cuenta lo ya contado de otra manera, porque convierte lo cotidiano en una maleta de doble fondo.

Parece que conocemos  a esa mujer quejicosa que a mí me enfada porque desde fuera todo se ve claro y tengo la sensación de que se autocastiga y se equivoca adrede.

Pero luego descoso un poco la tela que cubre la maleta, incluso la rompo y encuentro unas cuantas cartas que Amelia escondía en la manga, en la manga de la maleta, en la manga de la maleta de doble fondo, y entonces comprendo a Clara Bustamante un poco y espero paciente hasta que llego al final del libro.

 

¡Ay! los finales de Amelia son otro cuento. Estoy sola en casa y me escucho decir:  "¡Ya sabía yo que esto daría un giro!",  y además he puesto voz de madre que habla sola y dice su frase manida (te lo dije).

 

A ratos, tengo ganas de aplaudir en el club porque no sé cómo reaccionar al cariño y las palabras de los lectores, ante el encuentro, ante un libro, ante todas estas cosas que inventamos con pasión y que una dosis de mal viento puede derrumbar un día cualquiera. 
Pero en este caso, el viento lleva tiempo a mi favor, los eventos brillan, la mirada de los lectores es cada vez más interesante, el sentido de reunirnos a hablar del libro tiene mucho sentido y aprendemos, aprendemos mucho y aprendemos todos, y  el club sigue, claro.   

 

Regreso al libro y Clara me pregunta entrelíneas ¿cómo resetearse de vez en cuando?

“…las habladurías, mi madre, mis hijos, la espalda, el trabajo, las monjas, la catequesis, el patronato de viviendas militares, Victoria, Klaus, yo, yo, mi espalda, sus manos, la camilla, desnuda, su casa, la puerta, la cortina de cuadros, mi ropa, mi cuerpo, mi espalda, amasando, la chica, mi ropa interior…” pág. 159

 

Hablamos de espejos, de cicatrices, de las riendas que alguien nos esconde, hablamos de maternidad, de amistad, de trabajos precarios, de un tanga malva, del panadero del barrio, de la plaza, de la memoria, de la autoestima, del sexo, del dolor de espalda que deja llevar una vida sin ruedecillas.

 

 “LO RECUERDO TODO Y NO RECUERDO NADA. Incluso ahora, después de casi un año tratando de ordenar los recuerdos y de ahuyentar pesadillas, ya no sé qué es verdad y qué es pura ensoñación, una película pasada a toda velocidad, a veces sin sonido, a veces llena de ruidos dispares, contaminada de ruidos y voces de todo tipo, de ruidos que en ocasiones no me dejan oír las voces, y veo esas figuras vestidas de amarillo y luego otras vestidas de verde. La luz de la sirena y el vaivén de mi sopor en la ambulancia, cruzando el barrio en dirección al hospital y las luces del techo, muchas luces redondas, y al mesa metálica, y a veces las figuras vestidas de verde mueven la boca y no dicen nada, sólo oigo chocar camillas, patas metálicas de la mesa metálica que se pliegan, se despliegan, se cierran y se abren (…)Todas las cicatrices se notan” 

 

 

Nada más terminar el libro pienso que es falso eso de que la vida siempre te da segundas oportunidades. En la vida, te encuentras metida en una etapa de oportunidades infinitas y saltas de una a otra, como si volases. Pero es posible que un acontecimiento ponga el punto final y no haya manera de inventar otro camino.

La escritura nos da la magia de corregir, cambiar finales, inventar atajos, y sí … de dar segundas oportunidades, incluso terceras, a las protagonistas que inventamos.

Esta reflexión es el final que yo pongo al libro, distante del que puso a Amelia.

Cada una de las personas que participamos en el club nos leemos a nosotras mismas,  a través del libro propuesto. Yo me he leído y me he sentido identificada con los saltos en el tiempo, con la memoria inventada, con los recuerdos difusos y he vuelto a subrayar  aquella patada que  le di a una vida para inventar otra. Yo, afortunadamente,  he perdido la cuenta de mis oportunidades y de las de los que me rodean.

 

Siempre termino agradeciendo

 a Pedro Ignacio sus fotos, a escritores y editores sus visitas, a los lectores sus ojos que leen, al Hotel Iberostar Letras Gran Vía su profesionalidad y cercanía y  su biblioteca con un corazón contento en la pared;  pero hoy,  permitidme agradecerme a mí misma también.

GRACIAS… y volved, por favor.

corazón contento