Crónica de un club de lectura con Carlos Manuel Álvarez

publicado en: Blog, Crónicas | 0
 

 

La cita es el día nueve de marzo, sábado por la mañana. Los lectores llegan puntuales, yo llevo días imaginando el placer de charlar con Carlos Manuel Álvarez.

53764507_10214019369294520_6714210764816646144_n

He escuchado y leído entrevistas y siento que tiene una mirada distinta, una voz diferente que su libro corrobora.  Es grato que una novela me sorprenda porque nunca antes escuché nada igual.  Sí, leo de oído, escribo de oído y “Los caídos” no suena como ninguna de mis lecturas anteriores.

La novela se estructura en cinco partes divididas en: el hijo- la madre- el padre y la hija, siempre en ese orden.

Yo imagino una familia tan dividida como el texto, veo cuatro habitaciones que no se comparten.

 

Comienzo el encuentro agradeciendo y elijo como tema de mi lectura, la que yo he realizado: la ausencia de futuro… como si el tiempo existiera, ya sabéis.  Esa ausencia de porvenir subraya la resignación, la impotencia, el desgaste de los cuatro integrantes. 

Hablo de la familia como lugar incómodo, me gusta quitarle a algunas palabras ese baño afectivo que se les otorga sin dudar, me gusta hurgar y ver cómo esos afectos se caen y aparecen  tabúes, secretos, silencios.

 

“Ahora que tengo tiempo libre he pensado volver a la última calle del pueblo, rondar lo que fue mi casa. Llevo meses entre el hotel y este apartamento, que yo digo que es mi casa porque me la dieron, como ese televisor es mi televisor y ese teléfono es mi teléfono, porque también me los dieron, pero la casa que fue de uno nadie te la puede quitar. Lo decían mis padres Tu casa es ésta, hijo, aquí siempre vas a tener tu casa. Solo que armé una familia, y una familia siempre trae la destrucción de la otra Uno es un puente entre la gente de la que uno viene y la gente a la que uno va” 

 

Me gusta cómo los personajes sorprenden y no nos cuentan lo que esperábamos.

La novela no juzga, no expresa opiniones sobre el lugar o el tiempo en el que habita esta familia, abren la puerta de su casa y nosotros nos enteramos de lo que allí sucede contagiados de su desidia, de su incomunicación, de su pobreza disfrazada. Podría suceder aquí en España, y podría suceder el año que viene aunque el sitio sea otro y no tengamos las restricciones cubanas. Podríamos sentir lo mismo: el encierro en nuestro propio cuarto,  el bloqueo que el sistema hace a ratos a los autónomos, el cóctel de tristeza y aburrimiento cuando las paredes del barrio oprimen. Podríamos sentir todos los ojos que nos miran si habitamos el escenario de un teatro cualquiera con su luz tenue, de humo, adormecida.

Se me olvidó preguntar por los hombrecillos fragorosos.

53356769_10214019369934536_4854100161661501440_n

Los lectores hoy participan tímidamente, poco a poco, con intervenciones calmadas. El tono de voz de Carlos Manuel invita a ello y la lucidez de lo que nos cuenta despierta nuestra curiosidad abriendo nuestras orejas de par en par. Yo soy feliz cuando disfruto de las lecturas ajenas, de las opiniones argumentadas, de lo subrayado en otros cuartos.

Destacamos los silencios en la literatura, son muchos los fragmentos donde se habla de ellos.  El lector sabe que hay silencio cuando le muestran un ruido que no escucharía mientras los personajes hablan. 

 

“Lo único nuevo es que en los últimos meses desarrollé un instinto para los ruidos. Incluso en el hotel, donde sé que mi madre no puede estar. Reacciono ante todo lo que se caiga o cruja. Pasadas las suficientes caídas en cuerpo a veces suena como suenan los sacos de cemento y como los libros anchos y duros tipo diccionarios, pero a veces también suena como los vasos de cristal o los búcaros de porcelana. Soy una gata asustada. El tenedor que se cae me eriza. Igual no digo nada, punto en boca. Creo que soy buena hija y que soy buena en general”  

“…perderle el miedo a los ruidos, saber que los ruidos son amigos y que el verdadero rival es el silencio…”

“Ya desde entonces yo podía andar a ciegas dentro de la casa y reconocer cada cosa por sus ruidos, el funcionamiento interno de la máquina del hogar. La junta del refrigerador despegándose, abierta la llave del gas, ese siseo. Mariana que prendía un fósforo, que luego salía al balcón del fondo y hurgaba en el viandero”

 

Hablamos también de las edades, de que nunca se calculan contando a partir del año de nacimiento. Tengo la sensación de que uno cumple unos cuantos años más si se queda sin futuro. Tengo la sensación de que el presente pesa el doble cuando no hay posibilidad de transformarlo.

“…El margen con que el hombre cuenta para hundirse o salvarse es muy poco, y transcurre preferiblemente a una edad, a los catorce, a los quince, en que el hombre es inconsciente de ello, de todo lo que está en juego, lo que explica por qué la humanidad no es más que un multitudinario desfile de frustrados, bastardos conducidos al cepo, habitando un día y después otro porque sí, observando con incredulidad cómo les va pasando lo mismo, pienso, que al resto de la especie, el crecimiento y desarrollo corporal, los pequeños dolores, los traumas graves, la pérdida gradual de las facultades físicas, las canas y las arrugas, las cojeras, las sorderas, la descomposición final y el asco.
que es, ya su carril se ha trazado y nada puede hacer el hombre para cambiarlo. Sería más saludable que todos optimizaran su existencia a partir del puesto que les tocó y no que perdieran más tiempo intentando convertirse en algo que no se van a poder convertir. No digo que sea justo, pero es lo que hay. Que se acabe es, de hecho, menos desatinado que el sinsentido de que empiece. El absurdo de la vida es su mala distribución, pienso, ese evidente desequilibrio interno de los sucesos, la mala repartición de los acontecimientos importantes. Antes de los veinte, hay una vorágine trascendental cocinándose continuamente, es un caldo que no deja de reverberar, y no podemos digerir todo lo que la vida nos sirve. Hay siempre signos nuevos que interpretar, señales y fintas transcurriendo, terceras y cuartas dimensiones. A los veinte, justo a los veinte, todo está. 
Luego van a venir una cantidad de años estériles, pienso, los treinta, los cuarenta, los cincuenta, los sesenta. Se supone que luego el hombre se vuelve más juicioso. No lo sé, porque no he llegado ahí, pero lo que me pregunto es para qué le sirve el juicio al hombre si no se puede hacer nada con él, salvo mirar lo que no hizo en el momento en que no tenía juicio y martirizarse con lo que hubiera podido hacer de haberlo tenido. Al final todo es un derroche, si no de tiempo, sí de acontecimientos, que antes de los veinte son más de los que uno puede vivir, pienso. Me han pasado mil cosas en las que nunca estuve, honestamente”

 

Y por supuesto hablamos de los pollos y del aburrimiento como arma de destrucción masiva:

 

“Hay varias causas que provocan el canibalismo entre los pollos. El exceso de calor, el amontonamiento en el criadero, especialmente en los bebederos y los comederos, y la falta de proteínas y la mala alimentación. También los pollos débiles o tarados sufren mucho. En la jaula de alambre, el vicio del aburrimiento es hereditario. Y eso, el aburrimiento, es la razón principal por la que los pollos inofensivos, los pollos terriblemente inofensivos, los pollos mortalmente inofensivos, terminan picoteándose unos a otros, comiéndose las vísceras”

 

Después brindamos, nos abrazamos, nos despedimos.

Gracias lectores, por venir, sobre todo por leer. Gracias Carlos Manuel, por tus bellas palabras escritas y habladas. Gracias Carlos Pardo, por la organización, por tu apoyo, tus opiniones y ese arsenal de pinceladas literarias que sacian mi curiosidad librera. Gracias Pedro Ignacio por tu compañía y tus fotos. 

 

Por supuesto leed “Los Caídos” si no lo habéis hecho ya y recordad que volvemos el 18 de mayo con una novela de terror, con Mónica Ojeda, con "Mandíbula" (Ed. Candaya)