Crónica de un club de lectura con María Tena

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Mientras desayuno el calendario de pared  me recuerda que tengo dos citas a la vez. Me ducho, me transformo, imagino que me clono y salgo de casa con la sonrisa puesta hacia el Club de las Letras, ese club especial al que hoy acude la escritora María Tena.

Dibujamos un prólogo al encuentro mientras todos llegan.

Agradezco, comienzo a hablar de la calma que me ha dado este libro, esa tranquilidad que asocio al caminar hacia atrás siguiendo los pasos de la memoria. 

 

Me gustan los títulos que elige María Tena: “Nada que no sepas”, “Todavía tú”, “Tenemos que vernos”

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 Para mí el tema de la novela son “los huecos”, esos vacíos que quedan en la vida donde almacenamos lo que no se nombra, lo que no se escribe, la gente que ya no está, lo que no se sabe.

El libro que yo he leído, que quizá no sea le mismo que el que han leído el resto de lectores aunque se titule igual, demuestra que el pasado se puede cambiar, que los recuerdos se inventan. En mi lectura la protagonista hace un viaje al pasado para inventarlo de nuevo y de ese modo poder seguir haciendo su presente.

 

En nuestra tertulia aparecen temas como la culpa, la infidelidad, los silencios, la seducción, los secretos, incluso hablamos de la forma correcta de despellejar un conejo.

María Tena nos muestra un Uruguay que contrasta con la España mojigata y reprimida por la dictadura de los años 60. Queremos saber más, viajar a Uruguay. 

 

También hablamos de esa manía de buscar verdades en las novelas y mentiras en las auto-biografías, de escribir en primera persona y ser atrapada por las certezas que no existen. Hablamos de los lectores curiosos que se leen a sí mismos a través de los libros y que nada tienen que ver con los lectores “en guardia”  que se apropian de algún personaje como si se mirasen en un espejo roto.

 

Los asistentes participan, el tiempo vuela y  ponemos el punto final al club en ese momento en que me percato de que nos hemos distanciado del libro para hablar de la vida propia y de temas sobre los que nunca nos convenceremos.

 

Después viene la despedida, la escritora que firma y que permite que cada lector se acerque a regalarle alguna confidencia que no se atrevió a decir en voz alta.

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Llego a casa y me doy cuenta de que se me olvidó hablar de la magnífica metáfora del “tirón de pelo” que yo bien conozco.  

 

La novela termina con una madre que se aparta y que deja de interferir en la memoria de esa hija curiosa y valiente que ya es otra.

Y yo termino como empecé, agradeciendo, celebrando que este club sigue adelante  y soñando con las siguientes citas que he querido dedicar a voces jóvenes que están dando y darán mucho que hablar.

 

Gracias Carlos Pardo, por tu colaboración y apoyo.

Gracias Pedro Ignacio, por venir y por tus fotos bellas.

Gracias lectores, por leer y compartir.

Y por supuesto, gracias María Tena, por tu cercanía, generosidad y buenas letras.

 

Fragmento de “Nada que no sepas” (Premio Tusquets de novela 2018) Ed. Tusquets

Conocer a un hombre es también dibujarle en el mapa. Poner los límites, los colores, lo que tiene ese tipo concreto y lo que le falta. Su piel, la textura de los pliegues de su cara. Sus ojos atentos o distraídos. Sus manos largas, varoniles, o quizá delicadas como las de una mujer. Manos blancas. Si nos gusta nuestra atención se intensifica. Vamos almacenando en cada movimiento que hace, en cada palabra que dice, sus datos en un USB que dedicamos exclusivamente a esa memoria. Separada de las demás líneas de nuestra vida en otro ordenador. Mezclada con el espacio de los sueños. Esa carpeta de los hombres que nos interesan.

A medida que crece la intimidad, si se convive con él, si acaba convirtiéndose en nuestra pareja, los límites se agrandan. La vida hace su trabajo, la carpeta son noches compartidas, pelos en la almohada, pero también gazpachos y ensaladas, películas y paseos, palabras más o menos viejas. Tardes de regreso del trabajo en las que se intercambian los detalles banales, las pequeñas obsesiones. Ese hermano que cada día nos hace una faena. Ese jefe que nunca está del todo satisfecho y que ha llamado a la hora del desayuno. La asistenta que ha roto el frutero.

Pero hay algo que permanece ahí, inmóvil y brillante, la primera impresión, ese salto de no existir a, de repente, estar en ese mapa. El brillo que nos  acercó a su cara. El primer momento que guardamos entre papel de seda como un cristal delicado que también se puede romper o abandonar, pero que justifica todo lo demás. La semilla que regamos cada día.

Pasa el tiempo, meses, años, y otro tipo irrumpe en nuestra vida. No se parece nada al primero, el hombre que ha aprendido a conocernos y con el que ya no hacen falta explicaciones. El nuevo es un misterio. Una oscuridad. Un lugar vacío en el que podemos resbalar y rompernos la tibia. Pero la intensidad es la misma que la primera vez. Otra carpeta, otros gestos, otra pasión. Ese ángulo oscuro todavía. Un espacio que no excluye al otro. El mapa se complica. No solo en las dudas, en los comportamientos, en la gestión del tiempo y los afectos.

También entre ellos se establece un sistema de mareas y de compuertas que suben y bajan. El último es más fuerte, el primero es lo sólido, lo que se ha quedado atrás.

O quizá no, Quizá esa parte de la vida del segundo tipo estaba destinada a ella desde que nació. No fue algo improvisado ni un movimiento frívolo. Porque lo que descubre es hasta qué punto todo era provisional, frágil, mortal. La vida misma”