Crónica de un club de lectura con Mónica Ojeda

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Nos reunimos en la Biblioteca del Hotel Iberostar Las Letras Gran Vía para hablar de Mandíbula, la novela de Mónica Ojeda editada por Candaya.

Acude la autora para que los lectores le cuenten.

Hoy la luz es más agradable, tenue, acogedora. Antes de comenzar dispongo del tiempo necesario para desordenar las sillas, desalinear la línea y torcer las rectas.

60586841_870515026614423_9098261679631761408_nNuestro lugar se llena de amigos y comenzamos.

 

Agradezco,  y doy paso a Mónica para que nos lleve al comienzo, al punto de partida de esta novela que ninguno de nosotros etiqueta dentro del género de terror. Quizá haya que inventar un género para cada libro.

 

Mandíbula es una habitación sin puertas ni ventanas que te encierra frase a frase hasta despedirse con una bocanada de silencio.

Nunca he sentido miedo con esas escenas comunes en libros y películas de terror, sin embargo,  los detalles que se escapan de nuestro control y nos amenazan de algún modo, lo que se asocia con la locura o la magia perversamente utilizada, lo que nos muestra el acantilado,  me atrae y me amedrenta al mismo tiempo. Así es mi lectura, intranquila, tensa, salvaje, desasosegada y placentera. 

 

La escritora es cuidadosa con el lenguaje, nos cuenta que no le interesa la literatura que limita la elección de las palabras al significado, se detiene en el sonido, en la extensión de los párrafos, en la ausencia de silencios, se detiene en lo que no se ve pero otorga a su texto, el ritmo adecuado para transmitir la dosis exacta de tensión. 

Los saltos temporales, una carta, diálogos, terapias, recuerdos y pensamientos,  dan al lector la información en el orden necesario para asimilar la historia. Intuyo una ardua tarea tras la escritura para encajar pieza a pieza.  

Mónica Ojeda ha conseguido que como lectora me mantenga  alerta, sabiendo que en cada capítulo existe la posibilidad de que suceda algo peor.

 

Es un libro sobre las relaciones, sobre lo unidos que están los contrastes que se funden convirtiendo un sentimiento en su opuesto: amor/odio, admiración/envidia, amistad/rivalidad.  También se intercambian los papeles del verdugo y la víctima a través de  esa madre que protege a su cría en el interior de la mandíbula a sabiendas de que “una cría puede morder desde adentro”.

 

Hemos hablado de la sexualidad, del aburrimiento, de lo que no se cuenta, de las  creepypastas, de animales, de adolescencia, del cuerpo, de los cocodrilos, de la madre, de la mejor amiga, de la profesora, de los volcanes y de un Dios con útero.

Hay una habitación blanca, un Dios blanco, está el horror blanco y un cocodrilo verde aunque “ …con el tiempo nosotras empezamos a hablar del cocodrilo como si siempre hubiese sido blanco y como si todas hubiésemos visto su blancura”

 

Si todavía queréis entrar:

Reglas para entrar en la habitación blanca por Annelise Van isschot

  • Jamás entrarás de pie, sino en las cuatro patas de tu nombre.
  • Jamás tocarás o rozarás las paredes.
  • Durante la ceremonia, al menos una vez deberás barrer el suelo con tus cabellos.
  • Aceptarás que adentro cualquier cosa puede sucederle a tu cuerpo.
  • No abrirás los ojos en los momentos equivocados.
  • No llorarás aunque duela.
  • No gritarás aunque dé miedo.
  • No saldrás de la habitación hasta que la ceremonia haya terminado.
  • Rezarás siempre con las rodillas en el suelo.
  • Aceptarás a Dios en el fondo blanco de tu conciencia.
  • Menstruarás cada día sagrado de su nombre.

 

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Ha sido una grata mañana de sábado entre letras y entre amigos. Ha habido caras nuevas y reencuentros bonitos. Nos queda solo una cita y después  inauguramos el verano. Me encantará veros a todos el sábado 15 de junio para hablar de “Umbra” con su autora: Silvia Terrón.

 

GRACIAS a Mónica Ojeda, a Carlos Pardo y Mª Jesús G. Garcés por tener todo en su lugar y por su ayuda, gracias  a Pedro por sus fotos bonitas y sin filtro, y sobre todo, gracias a las lectoras y los lectores que participan con su lectura atenta .