Crónica de un laboratorio de escritura en Granada

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Es la segunda vez que voy a Granada y antes de salir me propongo tener más tiempo libre; una ciudad tan bella se merece no uno, sino varios paseos.

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Llego tras varias horas de autocar. Es día 1, viernes, y hay atasco en la entrada pero siempre voy bien acompañada: libro, agua, música, fruta, cuaderno y lápiz.

Al llegar busco un lugar donde comer cerca del hostal ya que no tengo la habitación disponible hasta las 16 horas. Escucho el acento granadino por las calles entremezclado con el inglés, el francés, el italiano… la ciudad está repleta de visitantes atentos.

Mi cuarto tiene todo lo necesario. Compartimos salones para leer, cocina y patios. También hay silencio.

El calor me invita a una siesta y el ventilador del techo, la hace agradable.

Después bajo a La Qarmita, el lugar donde se celebrará el Laboratorio de Escritura. Me encanta este sitio. Café y Libros, dicen, pero hay mucho más, la simpatía de las chicas que lo llevan y la decoración consiguen que me sienta cómoda, tanto que prefiero trabajar allí. Junto a los apuntes para repasar las sesiones de mañana, un zumo depurativo, de color verde, como la planta carnívora que me mira desde la ventana.13619837_1344204262287491_4077007150918021516_n

 

Tres alumnas del anterior laboratorio repiten y aprovecho la noche del viernes para tomar algo con una de ellas y con sus amigos.

Regreso pronto a mi cuarto para el sábado levantarme en plena forma.

 

Comenzamos el Laboratorio de Escritura: siete escritores (cuatro mujeres y tres hombres) Hablamos de los recuerdos, de la memoria, de cómo conseguir un buen cuento, de quién cuenta la historia. 

Todos escriben con ganas. Una vez compartidos los primeros textos nos conocemos un poco más.

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Me gusta que durante el almuerzo, charlemos sobre otros temas. Incluso surgen historias paranormales, situaciones que nos han ocurrido y a las que no encontramos explicación. Comemos, reímos, compartimos confidencias, lugares. Un escritor nos enseña fotos de Ronda y … ahora todos queremos ir.

 

¿Os he hablado de lo rápido que pasa a veces el tiempo?

Regresamos y nos quedan dos horas de laboratorio pero sin darnos cuenta… estamos tres. Nos sorprende, nadie se percata, nadie mira el reloj, nadie quiere marcharse.

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Yo aprovecho la tarde para subir a la Alhambra, para ver los jardines con los que soñé, para escribir sentada en una escalera como a mí me gusta, para perderme por el Albaicín (nadie debe visitar este barrio con un plano) y regreso con la calma que exige la mirada del turista.

 

Nuestra sesión dominical la hacemos en la planta de arriba, donde están las mesas del café.

Elijo la ventana, para mirar y que nos miren.

Leemos un texto sencillo, un autorretrato muy especial. Me encanta el resultado y pasamos a hablar de literatura infantil. Tenemos un niño merodeando, le sobra creatividad y tiene cara de ser un gran inventor de cuentos.

La despedida es veloz, aunque me acompañan hasta la calle del autobús que debo tomar. Una escritora incluso me acompaña a la estación.

Los granadinos son cordiales, cercanos y sonríen mucho.

Volveré, pero no demasiado pronto, es lo que les he dicho en el correo donde he adjuntado todo el temario. Estamos en verano y cada cual debe escribir sus cuentos propios en soledad, aunque se rodee de gente. 

Yo solo debo pasar de vez en cuanto por esas líneas; que cada cual habite su página.

Agradezco la amabilidad de todos los que han compartido conmigo algún instante durante este fin de semana.