Recomendaciones de agosto

  • Autor/a: Shirley Jackson
  • Editorial: Minúscula
«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.» Con estas palabras se presenta Merricat, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, que lleva una vida solitaria en una gran casa apartada del pueblo. Allí pasa las horas recluida con su bella hermana mayor y su anciano tío Julian, que va en silla de ruedas y escribe y reescribe sus memorias. La buena cocina, la jardinería y el gato Jonas concentran la atención de las jóvenes.
     
 

 

 

Pocas veces escribo la reseña nada más terminar el libro. Hoy lo prefiero; sin que  repose demasiado.

Pocas veces, muy pocas, escribo la reseña con música de fondo. Hoy escribo mientras suena Colleen, melodías que  acompañan de maravilla a Shirley Jackson. Ahora mismo mis dedos teclean mientras escuchan: “Floating In The Clearest Night”

 

No tengo tantas anotaciones como acostumbro, los márgenes han quedado limpios y he subrayado lo mínimo. Es una ardua tarea, hablar de mi lectura, sin contar demasiado. Ningún buen lector deseoso de que otros lectores lean “Siempre hemos vivido en el castillo”, desvelaría todo lo que sus páginas esconden.

 

Comenzamos:

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Os hablaré de los personajes: Merricat, Constance, el tío Julián, el primo Charles y Jonás (el gato)

Merricat se ha encargado de enterrar en el bosque la última hoja de la novela y yo he ido cayendo en todos sus hechizos, sin poder parar de leer hasta hoy que alcancé el desenlace.
A la pequeña Merricat le gustan los rituales. La brujería en sus manos parece tan inocente… Es capaz de hablar con un gato o de pasear  hasta la luna con total normalidad. Y yo me siento  engatusada por ella, letra a letra. 

La familia Blackwood vive aislada, ajena a lo que ocurre en el pueblo. Sabemos que los odian, que hay una situación turbia que ocurrió en el pasado.

Al tío Julián no le importa hablar de ello, incluso tiene todo bien anotado y continúa, capítulo a capítulo, rememorando aquella escena en sus papeles.

Constance se encarga de todas las tareas en la casa, protege a Merricat y al tío Julián.

La escucho llamando “tontuela” a Merricat e imagino una sonrisa muy triste en su rostro mientras lo dice.

La ambientación es excelente, veo las escenas en blanco y negro, con un romántico velo gótico con el que la autora engaña a ratos al lector. Contemplo en las primeras páginas a una indefensa joven, a ratos fuerte, que se enfrenta a los vecinos del pueblo para llevar lo necesario a casa. Luego pasan tantas cosas que las máscaras van cayendo o transformándose en otras.

¡Merricat, Merricat! ¿Una taza de té, querrás?

 

La naturaleza, el bosque, la tierra… se funden de una manera sublime con Mary Katherine Blackwood.

A ella le gusta enterrar cosas

 

A mitad de la novela aparece el primo Charles, con el único fin de quedarse con el dinero de la familia Blackwood. Charles consigue embaucar a Constance solo al principio, porque cualquier elemento externo, invade el castillo.

Hay múltiples alusiones a la comida: galletas, pasteles, exquisitas mermeladas, carne y … a algunas setas.

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Y seguramente ninguno de vosotros espera un final feliz. Pues estáis equivocados. El cuento termina bien, con amuletos nuevos:

“Mis nuevos amuletos mágicos eran el candado de la puerta de la entrada principal, y los cartones sobre las ventanas, y las barricadas a los lados de la casa”.

y con unos generosos vecinos que en una bella cesta, les ofrecen pollo, pastel de arándanos e incluso … alubias.

 

Lectoras y lectoras, leed a la señora Shirley Jackson, leed “Siempre hemos vivido en el castillo”,  es un libro maravilloso que todos tenéis que leer.

No puedo terminar con otra frase.

 

 

  • Autor/a: Remedios Zafra
  • Editorial: Fórcola/Ficciones
"Ante una persona sin futuro el rostro se inclina. Parece que así sucede cuando los que amamos se mueren. La vida, como la muerte sin adornos, como la enfermedad, se derrama y huele demasiado para ser un cuento. Ignoro dónde podría yo amarrar mis ojos para olvidar. Me salva el refugio de este sueño controlable que me proporcionan las imágenes enmarcadas. El mundo pasado a imágenes es un bellísimo espejismo, una droga para olvidar la carne y las heridas, para cambiar el curso del tiempo"
     
 

 

“Érase un niño huérfano, una mujer-dañada, un amor-máquina y unos ojos de cristal,

que llegaron aquí y que vivieron” pág. 135

 

 

Leo “Los que miran” muy despacio.

Tres veces en mi vida he sentido ese dolor extremo que impregna las páginas. Viajo a estos recuerdos tristes pero las palabras de la autora son tan bellas, su mirada ofrece calma aunque escueza. Encuentro una plaza y en soledad, sentada en el suelo agarro impulsivamente el móvil para escribirle un mensaje al que la autora responde y yo siento un guiño cómplice que me invita a seguir:

 

“Querida Remedios,

Estoy leyendo tu libro. Es el tipo de lectura que reservo para la pausa. Es imposible leer rápido. Subrayo, subrayaría tantas frases enteras que me contengo para a veces solamente rodear un párrafo a lápiz. Duele mucho tu libro pero lo disfruto por tu mirada, tu mágica forma de describir el dolor que desgarra lo invisible.(…)

Sigo leyendo. Siento una tristeza bella.

Un abrazo”

 

Todos en la vida sentimos dolor, a veces físico para el que la industria farmacéutica ofrece calmantes que nos ayudan a mantener el movimiento.

El peor dolor es el del alma.

Uno no quiere moverse, desea mirar para otro lado y es en ese momento cuando ve a los demás que siguen con su vida como si no hubiese ocurrido nada.

“Parece que todos, fuera, están tan repulsivamente vivos que, no sé…, podrían rebajar la sensación de vida, de vida instantánea, caminar más lento, morir un poco o un rato” ( pág. 25)

Nadie está preparado para la muerte. Los médicos tienen en cuenta la enfermedad pero alrededor hay sufrimiento. Junto a la enfermedad están los que cuidan, los que se quedan, los que acompañan y nadie se ocupa de estos enormes detalles que sostienen los días antes, durante y después.

“Todos sabemos que querer morir es bien distinto a morirse sin querer, pero en ambos casos el plazo acecha y los preparativos marcan los días previos…El calendario se ha convertido en los días siguientes” (pág. 25)

Veo junto a mí a la madre de la escritora tejiendo sin parar una colcha, una manta, una alfombra sobre la que volar y la comprendo. Uno intenta distraerse, inventar rituales, sentarse al margen de la vida y ver desde fuera.

“…como si esa forma exagerada de tejer tupido fuera un hacer un vivir. Como si no quisiera dejar respirar a los hilos, ni huecos entre los nudos, ni agujeros entre las piezas de colores que une con una continuidad extraordinaria por anómala. Aunque debo decirles que a veces mamá desteje, con la misma concentración que hila, pero nunca se detiene en el umbral que daría un tamaño humano a la colcha” pág. 34

 

“...mamá no debe nada a quien ama” pág.31

 

“Pero escribir no es nunca la verdad, sólo es saliva que lame las teclas para que de los restos otros puedan saber que existimos y comprendan algo mejor por qué necesitamos esa manta, este libro, esa imagen” (pág. 35)

Hay montones de referencias a los ojos, los párpados, la mirada, imágenes, pantalla, fotografías… incluso en las citas que anteceden a los capítulos.

También hay referencias al trabajo; uno desea continuar generando proyectos, inventar ideas pero los relojes comienzan a ir más rápido o nosotras más despacio. En el espejo solamente podemos comprobar que hemos adquirido otra forma de mirar, porque “se envejece de pronto y envejecer empieza por dentro, entristeciendo el deseo, conformando la idea de que la resignación no es un fracaso” pág. 89

Vivimos en un mundo veloz con mundos paralelos y virtuales, imágenes, frases de pocos caracteres, mensajes que hay que responder, gestos que hay que interpretar, redes sociales… uno a veces requiere una pausa y tiene miedo de volverse a incorporar a “la tribu” y comprobar que ha desaparecido para el resto.

“ Ese teléfono no sonará para cosas de trabajo si no soy visible, si no me ven…” pág.75

 

Me doy cuenta de que de repente el libro va abriendo una ventana y asomándose a la vida a través de León, de la infancia.

Todo a nuestro alrededor sigue su ritmo y el pequeño ha tenido contacto con la muerte muy pronto. Sería injusto que él también envejeciera.

 

“No pocas veces dudo si esta intrascendencia que me sugieren el resto de cosas que me rodean me ayudaría, de alguna manera, a abrazar la dificultad que advierto en esta vida y en esta muerte” pág. 81

 

El dolor consigue que lo poco importante, no importe.

 

Me detengo en la parte que Remedios titula “El enjambre”, volvemos a la pantalla, a las masas, al peligroso significado de la palabra “normal”

“A muchos ojos les tranquiliza que el mundo venga ya interpretado: evitan así la angustia de la conciencia y asumir decisiones frente a los otros”

 

Afortunadamente no a todos nos tranquiliza que decidan por nosotros. Reflexiono, sé que todo lo conseguido se lo debemos a la curiosidad.

Soy incapaz de escribir sobre esos tres momentos de mi vida que nombré de forma leve al comienzo de la reseña. Admiro la capacidad para desnudarse y mostrar emociones en un libro.

 

Recuerdo una de las frases que inicia el libro: “ Una paz como de no haber existido o de no tener memoria”

 

La memoria siempre está presente en la tristeza. No todo se cuenta, no todo se puede contar.

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Es imposible sentir lo que Remedios Zafra, es imposible que ella misma sienta lo mismo leyendo este libro que yo, o que sienta lo mismo hoy que sintió ayer. Leer este libro ha sido para mí darle un abrazo, uno de los que como dice un amigo, deben durar siete segundos.

El libro avanza y yo me quedo con lo que perdura. 

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Una cree que no se le pasará , que será imposible incluso fingir normalidad pero hay dos frases claves para ver una transformación de la tristeza, una fina capa de saliva que la suaviza y ayuda a digerirla:

“Y comienzo a echar de menos con una presión que diría material sobre mi pecho un mundo de piel, tacto y olores de calles y cosas que estaban tapados en algún rincón de mi cuerpo” pág. 124

“…siento que habremos de comenzar algo nuevo” pág. 135

Y yo voy a terminar esta reseña, en silencio con una imagen; que cada cual lea su dolor a su manera a través de esta: “tristeza bella”.

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FINAL

  • Autor/a: Alejandro Morellón
  • Editorial: Caballo de Troya
Siete historias que ponen patas arriba el sentido común, las leyes de la naturaleza y el buen gusto convencional. Un hombre se presta a perder una parte de su cuerpo a cambio de unos miles de euros; una mujer ríe en medio de los disturbios sociales que arrasan la ciudad; un pueblo espera con devoción la llegada de un huracán; alguien entierra un testículo en el cementerio de la Almudena; un marido acaba viviendo en el techo.Son solo algunos de los planteamientos radicales y perversos que encontramos en esta antología de relatos, tan atenta a la fabulación más exigente como a la creación de unas resonancias sentimentales capaces de interpelarnos.El estado natural de las cosas es una colección de historias donde no solo se pone en tela de juicio lo que entendemos por normalidad, sino también las leyes fundamentales de la física y hasta el buen gusto convencional.
   
 

 

 

Lo que más me ha gustado del libro, es la capacidad del autor para hacer cotidianas situaciones tan extraordinarias.

Tengo que hablar de Cortázar y su concepto de cuento, aunque él hacía como nadie la tarea contraria, “contar lo cotidiano como si fuese extraordinario”. Ahí tenemos sus instrucciones para subir a una escalera.

 

Los cuentos de Alejandro son cerrados, redondos y similares a una fotografía.

Os dejo sus palabras (las de Cortázar) para explicar la forma esférica de los enormes cuentos que contiene “El estado natural de las cosas”

El cuento tiende a la esfericidad, a cerrarse, y es aquí donde podemos hacer una doble comparación pensando también en el cine y en la fotografía: el cine sería la novela , un orden abierto, un juego donde la acción y la trama podrían o no prolongarse. En cambio la fotografía me hace pensar siempre en el cuento. El gran fotógrafo es el hombre que hace esas fotografías que no olvidaremos. El encuadre es perfecto. Ese hombre sacó esa fotografía colocando dentro de los cuatro lados de la foto un contenido perfectamente equilibrado. Proyecta una especie de aura fuera de sí misma y deja la inquietud de imaginar lo que había más allá, a la izquierda o a la derecha. Hay una atmósfera que partiendo de la fotografía se proyecta fuera de ella.  Eso es lo que las hará memorables…”

 

Regresamos a los cuentos memorables de Alejandro Morellón.

No me gustan las comparaciones pero una lee tanto, que no puede evitar rememorar.  Yo he viajado hasta los libros de David Trueba, quizá porque  comparten personajes pintorescos que solemos acoplar cómodamente en nuestra vida sin percatarnos de su extrañeza. También por la forma cinematográfica de narrar.

Me encantaría una mini-serie cargada de esta sociología afilada, tipo “Black Mirror”, con las historias de Morellón. He visto cada una de las situaciones con mi cámara imaginaria. Ojalá alguien tome prestada mi idea y se lance de lleno hacia esta intensa aventura.

 

Nos encontramos en el centro del envase-libro una historia que da título al ejemplar que nos ocupa. Una pareja, en la que el marido sufre una caída que lo lleva a habitar en el techo de la vivienda.

Caer hacia arriba, la vida desde diferentes puntos de vista, la incomodidad, la adaptación, el problema como solución, lo habitual y sus trampas.

“Cada uno de los dos duerme en su lado habitual de la cama como para anteponerse a una nueva caída aunque, por separado y en secreto, tanto ella como él consideran el peor escenario posible”  

“pertenezco a los vacíos del techo y a nadie más, ya no soy la mirada cotidiana, la participación del hogar, las palabras horizontales. Soy el hombre de arriba y esto me ofrece, ahora me doy cuenta, la oportunidad de ser espectador de mi propia vida”

 

El libro comienza así: “ Siempre he disfrutado de la violencia de lo cotidiano: por ejemplo, la de un vaso que se rompe en la oscuridad”

Y pasamos a conocer a Amalia, el huracán cuya llegada todos esperan y quizá la destrucción que toda buena creación requiere.

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Después escuchamos la risa de una mujer, tan fuerte, tan constante que molesta. ¿Nos molesta la carcajada ajena? ¿Ensordece más la risa o el silencio?

  • Pero en este país es legal reírse
  • Ya, pero no con tantas ganas y así como están los tiempos

 

Para el siguiente relato os dejo una imagen, sin más. Opinad, vosotros.

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El autor nos presenta también a Carla que “le ha nacido una sombra de la nada, como si dijéramos, en medio de la calle, en una fracción de acera despejada por los árboles; una sombra que no es la suya ni, de hecho, la de ninguna forma reconocible”

 

El libro se lee rápido, los cuentos son veloces y me doy cuenta de que alcanzo el final con una duda   ¿se pueden sentir celos de uno mismo? Me apetece y me da miedo mirarme desde fuera. En eso consiste la penúltima historia.

 

Y finalizo con Carlos y su enorme testículo que no para de crecer, hasta alcanzar tal dimensión que todo lo que hay a su alrededor se tambalea.

 

Sonrío durante todo mi paseo por las pintorescas situaciones pero surgen preguntas entre líneas y lo que Alejandro Morellón esconde despierta mi curiosidad.

He dejado los márgenes en silencio, por esta vez… creo que es mejor así.

 

Suelo indagar en autores que tienen ya a sus espaldas una larga trayectoria. A veces retomo los clásicos en verano para deleitarme con una apuesta segura pero es un inmenso placer ver que nuevos autores, tan jóvenes, tienen ya una voz propia y un sitio en las mejores estanterías libreras.