Recomendaciones de enero 2020

  • Autor/a: Marta Sanz
  • Editorial: Anagrama
Durante un vuelo, a Marta Sanz le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena Clavícula: «Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.»   Aquí, la narración del episodio autobiográfico se fractura como el mismo cuerpo que se deforma, recompone o resucita al ritmo que marcan las violencias de la realidad. La descomposición del cuerpo parece indisoluble de la descomposición de un tipo de novela orgánica donde se mienten las verdades y se usan trampillas y otros trucos de prestidigitación. En Clavícula –o Mi clavícula y otros inmensos desajustes– no: aquí la palabra busca dar cuenta de los hechos, más o menos difuminados, para llegar a entender. La dificultad de nombrar el dolor suscita grotescas reflexiones: ¿primero me duele y luego enloquezco?, ¿me duele porque he enloquecido?, ¿el dolor nace del dentro o del fuera?, ¿primero me explotan, luego enloquezco y después me duele?, ¿o me duele y me hago consciente de que me explotan? Al hilo de ellas se aborda una retahíla de temáticas: el filo que separa el cuerpo de sus relatos científicos y su imaginación; la intolerancia ante el desequilibro psicológico y el desequilibrio como síntoma cada vez menos excepcional; la ansiedad como patología del capitalismo avanzado y, frente a los grandes titulares, la situación concreta de un centro público de salud; lo psicosomático; la hipocondría y las enfermas quizá no tan imaginarias; las enfermedades y el dolor específicamente femeninos; la sobreexplotación y el miedo a la pobreza que castiga, sobre todo, a las mujeres; el dinero y las cuentas familiares, la cifra exacta que agudiza una molestia ósea persistente.   Marta Sanz retoma el tono autobiográfico de La lección de anatomía, pero en lugar de hacer memoria y reconstruir históricamente el propio cuerpo, esta vez se concentra en un solo punto. Un libro sobre el lado patético o reivindicativo del quejarse que, con sentido del humor, negro y autocrítico, conjuga la mirada social con una mirada sobre la literatura misma. Porque la carne a veces se hace palabra y la palabra a veces se hace carne. La segunda posibilidad da mucho miedo.
 

 

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Tenía muchas ganas de leer “Clavícula” de Marta Sanz.

Conocí a Marta gracias a un club de lectura. Organizar estas sesiones me ha regalado bellísimos encuentros y por ello he conocido a escritores a los que admiro. En aquella cita tuvimos como excusa: “Daniela Astor y la caja negra”, nada que ver con esta nueva lectura.

“Clavícula” es una de esas palabras que me gustan por su sonido mucho más que por su significado.

“Mandíbula” es parecida aunque su significado me transmite una voracidad casi erótica de la que el primer término carece.

En la portada me encuentro una clave de sol y metaforizo, pienso esa manera que tenemos de manejar el dolor, de medirlo, ese baremo subjetivo que cada uno establece para determinar la altura del grito. Imagino la vida como una partitura, con este símbolo curioso que colocado en el momento de nuestro nacimiento puede cambiarse durante el transcurso de la “obra”. La clave de sol huérfana de pentagrama me da esperanza, me otorga una posibilidad.

- Un libro sobre el dolor físico y lo que éste esconde – me dijeron.

Temí que tanto dolor me abrumase, temí más aún al verme reflejada y darme cuenta de que mi miedo a la dependencia esconde un miedo a no poder trabajar, a tener que dejar de hacer cosas, un miedo a la quietud y a carecer de recursos para seguir haciendo.

 Sí,  a veces soy “la mujer que hace”.

 

“Mi marido tiene miedo de mi miedo, y de mi desaparición. No quiere que acepte trabajos por prevenir la pobreza o alfombrar la vejez con papel burbuja. Haz solo cosas de las que de verdad disfrutes. Me río torcida. Es como si él, que no es un ingenuo ni un hombre que no lee los periódicos – incluso está atento al precio del barril de crudo- no mirase alrededor o pensara que ese alrededor a mí no puede afectarme. No puede afectarme la falta de trabajo, la carestía, las enfermedades terminales, el odio. MI marido me encierra en la urna que mi madre acaba de romper y yo se lo agradezco. Se lo agradezco a ambos por razones diferentes. Pese al cristal de la urna, mi marido no pretende que yo no me vaya a donde me quiera ir”

 

“Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y sus urgencias”

 

Detuve el reloj del club de lectura porque tras diez años organizando “lo mismo” aunque de manera diferente,  sentí que quería dar un paso más. Es curioso ser consciente de que ahora disfruto mucho más con lo que leo, sin anotar para decir.

Soy una de esas personas que se hace listas de los libros que quiere leer y que pasea hasta la Biblioteca con el papel en el bolsillo, sin que la mano lo suelte, como si lo acariciara durante todo ese recorrido que se inventa desde casa hasta el edificio de los libros. Una vez allí busco siguiendo el orden alfabético, disfruto de ser una de esas personas y luego elijo. Es muy común chocarme con la ausencia, es muy común que ninguno  de los anotados esté disponible, esté. 

Así llegué a “Clavícula”.

Lo malo de este cuento, de leer sin evento, es que el libro no es mío. Hubiera subrayado cada palabra de Marta Sanz. Hubiera detenido mi mente y mi lápiz en esas partes del cuerpo,  donde más le dolía. En la clavícula, en el Bósforo de Almasy, en los músculos más transitados... me hubiera encantado mancillar estas páginas cuasi intactas.

Os adelanto que el club regresará haciendo el pino, en otra postura  y por supuesto, sin contracturas. 

 

Regresemos al libro, hubo un capítulo con el que me sentí identificada. Destaco la capacidad de la autora de transmitir esa retahíla de hipocondrías hasta que la lectora que soy yo se toca el cuerpo, se palpa en busca de algún dolor común para pensar después qué se esconde detrás. La enfermedad como disfraz. Es una pena que no  exista una profesión que consista en traducir el dolor. Los médicos lo duermen, hipnotizan los síntomas para evitar la queja, para que sigamos haciendo… “la mujer que hace”

Porque el libro también habla de la mujer, nos dolemos de otra forma, envejecemos a escondidas y con vergüenza,  con miedo a pararnos, a que nuestro lado erótico se anule, con miedo a la flacidez, a la sequedad, al lloriqueo por sorpresa, a los sofocos, a la incomprensión propia.

 

El capítulo que os copio habla de esta vida de “a poquitos”, de ser autónoma y llegar a fin de mes unos meses contenta, otros conduciendo en reserva, otros saturada de “síes”… sumar esto y lo otro, dar vaivenes, trabajar surfeando sin disfrutar de la ola.

Sí, en esta capítulo no se habla del dolor físico, se habla de aquel entusiasmo que tan bien explicaba Remedios Zafra.

Leed "Clavícula", por favor. 

 

“Echo cuentas. Hemos pagado por completo la hipoteca de la casa. No tenemos cargas familiares más allá de nuestra propia carga. La del uno y la del otro. Pagamos setenta euros mensuales de teléfono y conexiones a internet porque hemos conseguido una oferta maravillosa. La cuota de nuestra comunidad es de cuarenta y ocho mensuales a los que hay que sumar unos treinta euros de agua. La factura de la luz son aproximadamente cuarenta euros al mes. El gas nos cuesta unos cien euros mensuales en invierno. Yo pago una cuota de autónoma de casi cuatrocientos euros y, con el paro consumido, mi marido paga una de casi trescientos. Comemos pescado y verdura. No comemos carnes procesadas ni embutidos ni bollería industrial porque tenemos el colesterol alto. Nuestra cesta de la compra no es barata. Tal vez ascienda a cuatrocientos euros al mes. Mi marido fuma y el tabaco es caro. Pago cuotas de asociaciones y de partidos políticos. De fundaciones para la recuperación de la memoria histórica. Compro kleenex cada vez que un pobre me los ofrece en la calle. E, inexcusablemente, echo monedas en las gorritas de los músicos callejeros. Es verdad que no compro libros; me los regalan. Pero nos gusta ir al cine y comer de vez en cuando en buenos restaurantes. El nivel de vida de nuestros amigos está por encima del nuestro. Casi todos nuestros amigos son profesionales muy especializados que ostentan puestos importantes en empresas públicas y privadas. A veces prestamos, a fondo perdido, dinero a familiares que lo están pasando peor que nosotros. Últimamente acudo a un fisioterapeuta que me cobra ciento ochenta euros por cada cinco sesiones de tratamiento manual. Tenemos algo ahorrado. Éstos son algunos de nuestros gastos.

 

Nuestros ingresos provienen de: distintas colaboraciones en prensa, no fijas, que oscilan entre los cincuenta y los trescientos euros brutos por pieza; clases en distintos centros de enseñanza reglada o no reglada; conferencias por las que a veces pagan mil euros y a veces no pagan absolutamente nada; anticipos de textos de creación que nunca son demasiado jugosos; derechos de autor que a veces existen y a veces no; participación en jurados literarios… Se multiplican los trabajos y, como en el estilo, se funden el fondo y la forma, las enumeraciones del mío no son para mí un procedimiento manierista, sino una necesidad. La precariedad se expresa con la fractura y la brevedad sintáctica y, mientras tanto, se acumulan, se enumeran, se amontonan las palabras porque hay que sumar cien acciones para conseguir un solo fin. Todo está siempre en el aire. Algunas proposiciones son sintomáticas de todo esto que quiero decir: una revista me pide cincuenta y ocho textos en un año por los que va a pagarme mil doscientos euros brutos en total. Los hijos de los camareros, de los mecánicos, incluso los hijos de los profesionales liberales de primera generación, somos el proletariado de la letra. Lejos quedaron los tiempos en que la cultura era un elemento de desclasamiento positivo. Estajanovismo puro. Oigo los ruidos machacones de las máquinas y veo a Chaplin ajustando las tuercas de la cadena de montaje y los botones de las mueres. La vida consiste en trabajar todo el día y culparse por esos momentos en que no se está trabajando. Hay una desproporción, un inmenso desajuste entre esfuerzo y remuneración que me obliga a multiplicar el número de mis trabajos para poder  mantener mi nivelito de vida. A todo tengo que decir que sí por el miedo a que no cuenten conmigo la próxima vez y porque echo cuentas y adivino que la línea contenida entre el eje de abscisas y ordenadas de nuestra economía descenderá inexorablemente hasta colocarse a bajo cero.

Mi dentro siempre ha sido mi fuera, y mi espíritu, mi carne. Profeso esa fe y ésa es mi religión. Mi dolor es una letra que se escribe cuando tengo miedo de no poder pagar las facturas o subvencionarme una vejez sin olor a vieja. Creo que esta confesión es absolutamente impúdica pero fundamental”