Recomendaciones de julio 2019 (II)

  • Autor/a: Fernanda Trías
  • Editorial: Tránsito
El mundo es esta casa», dice Clara. La llave de la puerta está echada; las ventanas, cubiertas con mantas. Dentro, Clara vive atrincherada con su padre, su hija y un canario enjaulado. Presa de su pasado y de sus miedos, atrapada en un delirio emocional, está convencida de que el mundo exterior es la feroz amenaza de la que debe proteger a su familia. La extenuante batalla que emprende contra él será la confrontación con su propio abismo interior.
 
«¿Vienen las amenazas y el dolor de fuera o están dentro de nuestro propio cuerpo?, ¿dónde anida la violencia?, ¿a qué le tenemos miedo?, ¿existe la posibilidad de encontrar una azotea desde la que respirar?, ¿cuáles son nuestros cordones umbilicales? Fernanda Trías no contesta a estas preguntas —no se puede— sobre el instinto, la civilización y los tabúes, pero las perfila y profundiza en ellas con una historia grotesca y contundente escrita con agilidad y un kafkiano sentido del humor. Atrévanse».   MARTA SANZ
     
 

 

Siempre me gustaron los libros y las películas que suceden en un solo lugar, con pocos personajes, esas historias tras las cuales algunos dicen: “no pasa nada” y yo dudo en si tacharlos o no de mi agenda.

Siempre me gustaron las historias de interior.

También atraen mi atención los títulos cortos, por lo que así, en un primer vistazo superficial, “La Azotea” prometía.

 

Fernanda Trías nos muestra un final, y este es uno de los pocos casos en los que después no hay un principio.

 

El frío era seco, del tipo que deja grietas en la piel, y el picaporte estaba congelado. Empujé la puerta con las dos manos; el chirrido hizo eco en el pasillo y se desvaneció. Enseguida, el frío me hizo retroceder. Me apreté contra la puerta y miré la franja negra del cielo. A lo lejos se veía el resplandor de los grandes edificios; un mundo de fantasía, porque en ese barrio sólo había un foco en la avenida y otro en la cuadra que ni siquiera funcionaba. Los autos me iluminaban al pasar. Cuando se alejaban, el suelo de la azotea se confundía con el aire  y era imposible distinguir el pretil. ¿Dónde terminaba la azotea y dónde comenzaba la nada? Me hubiera gustado ver la luna como hoy la imagino, redonda e inmaculada, capaz de alumbra la casa entera, pero esa noche la luna estaba escondida detrás de unas nubes apenas más claras que el resto del cielo. La noche convertía la azotea en un lugar siniestro y encontrarme ahí, en mi lugar, con mis criaturas, era un triunfo y un desafío.”

 

Clara vive refugiada en casa con su padre, su hija y un canario enjaulado. Clara no tiene presente y siente el mundo exterior como una eterna amenaza.

También aparece Carmen, personaje al que Clara compara con una termita. También está Julia pero es un personaje sin cuerpo que aparece solo en forma de recuerdo.

Leo y voy caminando por el pasillo siguiendo a Clara a oscuras y en silencio, en ese silencio afilado con el que se escribe el libro. Escucho las respiraciones y observo como si desde entre las páginas Clara también me viera. La protagonista da miedo desde la primera frase e intuimos que nada ni nadie será capaz de dibujar una ventana abierta en ese pequeño espacio en el que habita la trama.

 

Cuando apareció la editorial Tránsito  supe que se había ido cociendo a fuego lento, que nada en esa casa se iba a precipitar. Tuve en cuenta las portadas, los collages, los títulos, las autoras y una editora que hablaba con voz precisa en un programa de radio y dejé un hueco en mi agenda para uno a uno, disfrutar los hallazgos.

A ratos me gusta el verano por estos motivos, a pesar del vértigo que sufro atravesando el puente colgante que conduce a septiembre.

 

La Azotea ha sido un golpe sin margen de error. Cuando he leído la última página me hallaba en una sala de espera y me han llamado, y he levantado la vista como saliendo de otro mundo y he tenido que caminar con mi cicatriz disimulando el final, ese final sin comienzo del que os hablé.

La novela trata de lo peligroso que resulta un exceso de pasado, amarrarse a una memoria mal inventada, a recuerdos contaminados que nos asfixian. La novela es una puerta cerrada, una vida agotada como esa vela apagada que Clara se mete en la boca, una vida con ese sabor a cera agria.

 

Fernanda Trías coloca cada palabra en su sitio y a veces parece que el trecho entre una y otra es eterno.

Sol Salama, la editora, cuida con esmero a sus criaturas.