Recomendaciones de noviembre 2018

  • Autor/a: Sara Mesa
  • Editorial: Anagrama
El encuentro se produce en un parque. Ella es Casi, una adolescente de «casi» catorce años; él, el Viejo, tiene muchos más. El primer contacto es casual, pero volverán a verse en más ocasiones. Ella huye de las imposiciones de la escuela y tiene dificultades para relacionarse. A él le gusta contemplar los pájaros y escuchar a Nina Simone, no trabaja y arrastra un pasado problemático. Estos dos personajes escurridizos y heridos establecerán una relación impropia, intolerable, sospechosa, que provocará incomprensión y rechazo y en la que no necesariamente coincide lo que sucede, lo que se cuenta que sucede y lo que se interpreta que sucede.  
     
 

Cuando me preguntan qué autores leo, en quién me inspiro para escribir, qué influencias pueden haber manchado mis textos,  pienso en la estrecha relación que percibo entre leer y escuchar música. Leo de oído. Escribo de oído. 

Prefiero a Christina Rosenvinge  para una tarde de otoño en casa, en pausa.  A Soledad Vélez mientras pongo orden en mi cuarto. Prefiero   a Benjamin Clementine cuando ya ha anochecido e imagino el día siguiente,  a Massive Attack un viernes mientras me preparo para una cita no cualquiera.

 

Hay días en que quiero que el tiempo vaya despacio y leo a Kawabata, mejor en invierno. Pilar Adón es muy diferente,  y sin embargo, también requiere un buen freno, y  se lee mejor a partir de las siete de la tarde.

También pasa con las lenguas. El inglés es un idioma  apresurado, práctico, que  prefiere hablar deslizando la voz por un atajo. Pero el francés me gusta, es preciso, seduce y se detiene en el detalle.

“…el chino es una lengua que se grita como siempre imagino las lenguas de los desiertos”  -dice Marguerite Duras en "El Amante"

 

Sara Mesa es veloz y me hace pensar, me activa. Al comenzar “Cara de pan” recordé “El cielo es azul, la tierra es blanca” de Hiromi Kawakami. También recordé “Un hombre sin suerte” de Samanta Schweblin. Pero claro, no tienen nada que ver con el libro de Sara. No suenan de igual modo. Mi mente viajó a estas dos lecturas por el tema, por las relaciones que no encajan en un molde y por los pensamientos que sí encajan en el molde.

“Piensa mal y acertarás” - decía mi madre. Y yo nunca entendí esa frase.

 

Me encanta la habilidad  de algunos escritores para conseguir que el lector se confunda, se meta en un laberinto y se pierda,  porque una mientras está perdida no piensa en todas esas nimiedades que ocupan lo cotidiano. Cuando una entra en un libro de Sara Mesa, camina y no quiere detenerse hasta la salida, si es que consigue salir tras la última página.

 

Un encuentro en un parque, dos personas que se bautizan de nuevo en secreto, un nombre solo para ellos, para ellos juntos: “Casi”, una adolescente, y “Viejo”, mucho mayor que ella.

Estos dos personajes desubicados, solos, heridos, charlarán cada día (excepto los fines de semana que no hay instituto) a escondidas, a espaldas de la sociedad que cree que acierta, pensando mal.

 

¿Qué tiene que suceder para que un extraño deje de ser extraño? ¿Cuántas palabras deben intercambiar para ser amigos? ¿Cuántas citas antes de intimar?

 

Siempre me gustaron los libros que suceden en un solo lugar y con pocos personajes, las historias bien amuralladas que nos muestran la condición humana.

Me fascina ver que “Casi” aprende mucho más fuera del ambiente incómodo del instituto, sin esfuerzo, cómo escucha atenta a “Viejo”, hablando  sobre Nina Simone o sobre  pájaros.

Quizá  la soledad sea la manera de sentirse un poco libre.

 

En sus conversaciones van tirando del hilo, contando capítulos importantes de sus vidas, mentiras que son verdad puesto que se cuentan.

Una también debe hacerse responsable de sus mentiras, los escritores lo saben.

 

También he recordado “El pájaro pintado” de Jerzy  Kosinski, pero ese es otro cuento.

 

Sara Mesa es hábil, precisa y ha conseguido una novela en la que nada sobra y nada falta.  Últimamente admiro esas novelas breves, sin relleno, directas y afiladas como “Cara de Pan”. Ya me pasó con “Cicatriz”, me llevé el libro para unas vacaciones y lo leí en una tarde. “Cara de Pan” me ha gustado mucho más. Me he sentado en un parque a observar, durante cada uno de mis trayectos en metro.

Como lectora he pasado cómodamente de una voz narrativa a otra, del narrador al diálogo de los personajes, sin introducción previa. Insisto, he tirado del hilo, he desenredado esta historia fácilmente hasta sentirme pellizcada por una autora que invita a reflexionar, a mirar a la gente siendo consciente de la separación entre  lo que vemos y  lo que nos imponen que veamos. 

En “Cara de pan” no hay moraleja, ni juicios, ni respuestas; yo lo agradezco. 

 

Los lugares donde nos encierran y nos diagnostican son idénticos: cárceles, hospitales psiquiátricos, institutos, familias… lugares seguros de donde no quieren que salgamos.

 

“Familia estructurada. Padres mayores. Profesiones liberales. Segunda hija. Buen barrio (…)

Padres separados. Come a diario en casa de la abuela. Acumula carencias desde la educación primaria. Problemas cognitivos. ¿Déficit de atención? Hiperactividad. Buen carácter pero dificultades de conceptualización. Necesidad de intervención social. Bulímica. Busca llamar la atención, es posible que no obtenga cariño suficiente en casa. Buena integración. Competitivo y responsable” 

 

Las etiquetas pesan y al ser humano le encanta colgarlas del cuello de los demás.

¿Qué hubiera pasado si “Casi” se reuniese con “Vieja”? Quizá no hubiese novela.

Sin duda, una gran lectura. Tomad nota ahora que se acerca una época de regalos.