Recomendaciones de noviembre 2019

  • Autor/a: Alejandro Morellón
  • Editorial: Candaya
Tras las ausencias del padre y del hermano mayor, Alan convive con su madre en una casa que es bastión y ruina, refugio y testigo de la desgracia. Dos personajes rotos que se debaten entre la locura y la cordura, y se interrogan acerca del deseo, la muerte, el abandono y la culpa, temiendo siempre que llegue la hora del último enfrentamiento: la revelación de lo vivido a través de la palabra. Caballo sea la noche narra el desmoronamiento de una familia, cuando el pasado y el presente se convierten en delirio, voz enloquecida, urgente necesidad de escapar o de reconstruir los pocos restos que quedan. Esta novela es el comienzo de esa reconstrucción, ese instante decisivo en que los sobrevivientes de la catástrofe buscan redimirse, liberarse y restablecer sus lazos con el mundo. Después de su último libro de relatos, reconocido con el IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, Alejandro Morellón debuta en la novela con este texto de prosa poética, desbocada y reflexiva, en el que no sabemos si la noche se prolongará o si la luz revelará por fin esos secretos dolorosos que dan forma a la verdad.
 
 

 

He leído en alguna parte que a Alejandro Morellón le gustaría que su novela “Caballo sea la noche” se leyese de una sentada, de un tirón, de un parpadeo.

 

  • No he podido, querido.

 

Tuve que respirar tras la primera parte. Las comas no eran suficientes y yo estaba tomando al mismo tiempo dosis de placer y de ansiedad. Disfruto todas estas palabras vomitadas con suma precisión, me gusta que un libro me zarandee y me obligue a pedir a gritos un punto y aparte cuando el deseo de seguir leyendo decide.

 

“Caballo sea la noche” no me gustaría si fuese demasiado largo.  Nada sobra y nada falta.  Es breve pero jamás corto.

Destaco su estructura, cinco monólogos que nos muestran la incomunicación de una familia. Una madre que habla sola. Un hijo que habla solo. Otro hijo y un padre que se citan, que están presentes, que no hablan.

 

Morellón ha conseguido que sintamos esta separación abismal entre los miembros de la familia. Es un libro sobre el silencio, sobre lo que no se dice, sobre la sombra que no mostramos, sobre la familia como espacio de secretos, de culpa.

También es un libro sobre la memoria. Los recuerdos aparecen una y otra vez, una memoria que pesa.

Rosa, la madre, se empeña en seguir ubicada en sus fotos del pasado.

Ambos se esfuerzan en buscar el momento exacto en que dejaron de ser lo que eran, buscan la grieta de la que no hablan.

 

“… este silencio me tortura los nervios, me deshace la garganta y no puedo decir nada, cuánto tiempo sin hablar, no más de dos o tres palabras al día…”

 

“…yo era una oscuridad que dolía…”

 

Me detengo en esa presencia de los lugares, en ese hijo encerrado en una habitación, en esa madre que se para en el salón de su casa.  Ante tanto sigilo cobran protagonismo los objetos: las puertas, el espejo, la nevera, el sofá, la lavadora…

 

“…antes me encantaba renovar el espacio, intercambiar muebles, mover las cosas de sitio, quitar una cosa de aquí y poner otra cosa allá, reubicar los cuadros, renovar los cojines, las cortinas, la funda del sofá, levantándome para ver si puedo dar con algo nuevo, pero no, cualquier cosa, lo que sea que revele un cambio, buscando, pero no, puedes ser un libro, o un cenicero, revolviendo entre los cajones para encontrar cualquier artículo, llavero, mechero, nueva fotografía que me confirme un transcurso del tiempo desde que estamos solos Alan y yo, pero no, y luego siempre vuelvo al sofá, bajo el mismo techo, con la misma disposición del salón,  y alguna vez enciendo la televisión y le quito el sonido para que Alan no se despierte, pero nunca se despierta, y cuando despierta no parece que lo haga del todo, porque después de dormir quince o dieciséis horas todavía continúa como dormido…”

 

En esta atmósfera irrespirable siento la presencia de Mónica Ojeda, ella está en la palabra “cocodrilo”, en la palabra “Nefando”, en el desgarro del cuerpo.

 

Termino el libro, cierro la última página y vuelvo a necesitar un punto y aparte, aunque esta vez tenga un final, un final que perdona y con el que alguna lectora confiesa que ha llorado.

 

“… y ahora que la voz siempre será entendida a medias, que las palabras serán siempre más confusas que los actos que las componen: puedo reconciliarme con las que me había dicho mi madre, quiero que te vayas de esta casa, porque no se correspondían con su verdadera voluntad, y eso lo entendí justo antes de llegar a la puerta, cuando escuché un aullido que había nacido de su garganta, un murmullo que me reveló lo que me temía y lo que ansiaba, que ella estaba llorando en silencio, y así lo supe: mi madre no me estaba echando de casa para librarse de mí sino para  que yo pudiera librarme de la tragedia familiar, me estaba salvando de la única forma, que supo y probablemente, de la única posible…”

 

Dice el escritor que el libro ha sido fruto de muchos otros textos, de muchos otros años… Me quedo con las ganas de preguntarle a Alejandro por su proceso creativo, por el hueco que dejó en él esta novela al publicarse, preguntarle si supo siempre que serían monólogos, si alguna vez los otros dos personajes que nos faltan quisieron hablar, preguntarle si hubo en todo este tiempo alguna pausa no elegida, saber si él también, en algún momento, necesitó un punto y aparte.